sábado, 10 de enero de 2009

La industrialización española del XIX



La historiografía ha interpretado tradicionalmente como un fracaso el desarrollo de la industria española en relación con otros países europeos, achacándolo a:

- La geografía: el fragmentado y abrupto relieve y la pobre red fluvial del país, que dificultaban las comunicaciones, encarecían el transporte y obstruían la integración de un mercado nacional.
- La escasez de materias primas y fuentes de energía y su dificultad extractiva.
- El lento crecimiento demográfico, que dificulta la obtención de mano de obra industrial y la formación de un mercado de consumo.
- La falta de capital, que se dirigió, sobre todo, a la compra de tierras desamortizadas. El capital extranjero acaba repatriando sus beneficios y hace el país más frágil a cualquier crisis.
- La pérdida del imperio colonial, que dificulta la adquisición de materias primas, mercado de consumo y capital procedente del comercio.
- La política proteccionista, que frena la modernización tecnológica en las fábricas y en el campo
- El predominio de una sociedad agraria de carácter rural, donde se mantienen unos salarios de miseria, que impide la existencia de una demanda de bienes de consumo.

El desarrollo industrial se centró en las siguientes áreas:
En Barcelona y su entorno se desarrolla una industria textil algodonera que incorpora la tecnología del vapor y recibe las inversiones de una burguesía comercial y agraria catalana. Sin embargo, no será capaz de competir con los tejidos ingleses, por lo que exige una política proteccionista. El modelo que predominó fue el de pequeña empresa familiar.
El sector siderúrgico tiene sus inicios en la costa malagueña, aprovechando los recursos minerales de las serranías andaluzas. Sin embargo, la lejanía de los mercados europeos y lo costoso del transporte de las materias primas hace que en la década de 1860 decaiga este sector.
La siderurgia vasca relevará a la andaluza gracias a la existencia de mineral férrico en el País Vasco y a los fletes de carbón procedentes de Gales. El desarrollo del ferrocarril y de industrias navales y metalúrgicas favorecerá el desarrollo de este sector.
No obstante, la red de ferrocarriles se llevó a cabo con capital y material extranjero en gran parte, para abaratar costes y agilizar la extensión del trazado. El tren permitió articular un mercado nacional y extender la producción industrial a gran parte del país.
En el sur y el interior peninsular se desarrollan industrias de transformados agrícolas: fábricas harineras, fábricas de aceite y, sobre todo, bodegas, a partir de la epidemia de la filoxera que afecta a la producción de uva francesa a finales del XIX, y azucareras, tras la pérdida de Cuba.

La desamortización


Por desamortización se entiende la enajenación de los bienes de manos muertas pertenecientes a la Iglesia, ayuntamientos u otras instituciones, para ser traspasados a la propiedad privada. Todos los procesos liberales en Europa ponen en marcha procesos similares destinados a favorecer un tipo de propiedad capitalista frente a la tierra amortizada propia del Antiguo Régimen.
Los ilustrados de la corte de Carlos III defendieron la necesidad de desamortizar, ante la evidencia de que la iniciativa empresarial se veía frenada por la concentración de tierra en manos de la Iglesia y las limitaciones al mercado que imponía el antiguo régimen. Sin embargo, el monarca no se atrevió a enfrentarse con la Iglesia, institución sobre la que se apoyaba el sistema del antiguo régimen.
Godoy sí se atrevió a desamortizar los bienes de algunas obras pías de la Iglesia (hospitales, hospicios, etc.) para saldar la deuda pública contraída a causa de las guerras, primero con Francia y luego con Inglaterra, en las que se ve inmerso el país, lo que le acarreó la enemistad del clero, que conspirará contra él.
El proceso revolucionario que supone la Guerra de la Independencia, tanto en la España gobernada por José I, como en la de las Cortes de Cádiz, inició un proceso desamortizador de los bienes de la Iglesia y una disolución de un gran número de pequeños conventos. Napoleón incluso firmó un decreto que establecía la desamortización de las tierras de los Grandes de España. La inestabilidad del periodo impidió hacer efectivas las desamortizaciones.
El breve trienio liberal, durante el reinado de Fernando VII, volvió a intentar llevar a cabo esta labor desamortizadora, pero el regreso al absolutismo tras la intervención de la Santa Alianza, devolvió las escasas propiedades desamortizadas a la Iglesia.

Hay que esperar a las desamortizaciones de Mendizábal en 1836 de los bienes de la Iglesia y a la de Madoz en 1854 de los bienes municipales para que se lleve a cabo de un modo efectivo e irrevocable este proceso.
La desamortización de Mendizábal respondía a varios objetivos:
- Obtener recursos económicos inmediatos para salvar la deuda que arrastraba la hacienda pública y a medio plazo con la tributación que harían los nuevos propietarios sobre la tierra.
- Financiar al ejército cristino para derrotar definitivamente al carlismo
- Debilitar a un clero regular que se había convertido en el respaldo ideológico del absolutismo
- Reducir el número de clérigos, que suponían un porcentaje importante de población pasiva.
- Mejorar la explotación de la tierra, ahora en manos de la propiedad privada, de modo que se produzca un incremento de la producción agraria
- Afianzar los apoyos a la causa cristina, atrayendo a las clases altas, incluida la aristocracia, el alto clero o los propietarios agrarios, de modo que se consolidase la frágil monarquía constitucional.
- Crear una clase de propietarios, de burgueses, que pusiera en marcha el proceso de revolución liberal


El modelo de desamortización español:
- Provocó un desigual reparto de las rentas agrarias, dejando la mayor parte de la propiedad en manos de una oligarquía terrateniente, no favoreciendo el acceso a la propiedad del pequeño campesinado.
- Perjudicó a un campesinado que pagaba rentas bajas a los señores eclesiásticos o que se beneficiaba de las propiedades comunales.
- Implicó una importante pérdida del patrimonio histórico-artístico que suponían los edificios eclesiásticos.
- Hizo que las clases más capitalizadas del país dirigieran su dinero a la adquisición de tierras con unas rentas aseguradas, en lugar de invertir en sectores que hubieran permitido otras vías de modernización del país, como la industria.

jueves, 8 de enero de 2009

Ejercicio sobre la Constitución de Cádiz

Abre el texto de la constitución de Cádiz disponible en http://www.fuenterrebollo.com/1812/menu.html y responde a las siguientes preguntas:

¿En qué artículo establece sobre quien recae la soberanía?
¿Qué obligaciones tienen los españoles?
¿Existe libertad religiosa?
¿Cuál es el objetivo del gobierno?
¿Qué tipo de gobierno establece?
¿Sobre quién recae el poder ejecutivo?
En el artículo 141 y siguientes fija la sanción real de las leyes redactadas por las Cortes, ¿qué ocurre en el caso de que por tres veces el Rey se niegue a sancionar una ley?
¿Sobre quién recae el poder legislativo?
¿Resume cuáles son las restricciones que se le ponen a la autoridad del Rey?
¿Quién fija el presupuesto de la casa real?
¿Qué ministerios o secretarías de estado se establecen?
¿sobre quién recae el poder judicial?
¿Quién nombra a los alcaldes que gobiernan los ayuntamientos?
¿Quién regula el ejército?
¿Cuándo se reúne la milicia?
¿Qué establece la constitución que se ha de enseñar en las escuelas de primeras letras?

Finalmente, indica durante que tres periodos estuvo vigente la Constitución de Cádiz, de qué circunstancias fue precedida y cuales le pusieron fin.

Fecha de entrega: 14 de enero

martes, 6 de enero de 2009

Los Sitios de Zaragoza y Faluya

Haz una redacción de treinta líneas (aproximadamente) donde comentes los elementos en común entre la resistencia de Zaragoza y la de Faluya.
El texto siguiente es el inicio del capítulo XXIX de Zaragoza, de la serie de los Episodios Nacionales escritos por Benito Pérez Galdós. El texto hace una descripción de la situación de la ciudad en las últimas jornadas del segundo sitio de la ciudad. Puedes leer el resto del capítulo en la siguiente dirección:http://es.wikisource.org/wiki/Zaragoza_:_29
¿Zaragoza se rendirá? La muerte al que esto diga.
Zaragoza no se rinde. La reducirán a polvo: de sus históricas casas no quedará ladrillo sobre ladrillo; caerán sus cien templos; su suelo abrirase vomitando llamas; y lanzados al aire los cimientos, caerán las tejas al fondo de los pozos; pero entre los escombros y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.
Llegó el momento de la suprema desesperación. Francia ya no combatía: minaba. Era preciso desbaratar el suelo nacional para conquistarlo. Medio Coso era suyo, y España destrozada se retiró a la acera de enfrente. Por las Tenerías, por el arrabal de la izquierda, habían alcanzado también ventajas, y sus hornillos no descansaban un instante.
Al fin ¡parece mentira!, nos acostumbramos a las voladuras, como antes nos habíamos acostumbrado al bombardeo. A lo mejor se oía un ruido como el de mil truenos retumbando a la vez. ¿Qué ha sido? Nada: la Universidad, la capilla de la Sangre, la casa de Aranda, tal convento o iglesia que ya no existe. Aquello no era vivir en nuestro pacífico y callado planeta; era tener por morada las regiones del rayo, mundos desordenados donde todo es fragor y desquiciamiento. No había sitio alguno donde estar, porque el suelo ya no era suelo y bajo cada planta se abría un cráter. Y sin embargo, aquellos hombres seguían defendiéndose contra la inmensidad abrumadora de un volcán continuo y de una tempestad incesante. A falta de fortalezas, habían servido los conventos; a falta de conventos, los palacios; a falta de palacios, las casas humildes. Todavía había algunas paredes.
Ya no se comía. ¿Para qué, si se esperaba la muerte de un momento a otro? Centenares, miles de hombres perecían en las voladuras y la epidemia había tomado carácter fulminante. Tenía uno la suerte de salir ileso de entre la lluvia de balas, y luego al volver una esquina, el horroroso frío y la fiebre, apoderándose súbitamente de la naturaleza, le conducían en poco tiempo a la muerte. Ya no había parientes ni amigos; menos aún: ya los hombres no se conocían unos a otros, y ennegrecidos los rostros por la tierra, por el humo, por la sangre, desencajados y cadavéricos, al juntarse después del combate, se preguntaban: « ¿Quién eres tú? ¿Quién es Vd.?».
Ya las campanas no tocaban a alarma, porque no había campaneros: ya no se oían pregones, porque no se publicaban proclamas; ya no se decía misa, porque faltaban sacerdotes; ya no se cantaba la jota, y las voces iban expirando en las gargantas a medida que iba muriendo gente. De hora en hora el fúnebre silencio iba conquistando la ciudad. Sólo hablaba el cañón, y las avanzadas de las dos naciones no se entretenían diciéndose insultos. Más que de rabia, las almas empezaban a llenarse de tristeza, y la ciudad moribunda se batía en silencio para que ni un átomo de fuerza se le perdiera en voces importunas.
La necesidad de la rendición era una idea general; pero nadie la manifestaba, guardándola en el fondo de su conciencia, como se guarda la idea de la culpa que se va a cometer. ¡Rendirse! Esto parecía una imposibilidad, una obra difícil, y perecer era más fácil.
Pasó un día después de la explosión de San Francisco; día horrible que no parece haber existido en las series del tiempo, sino tan sólo en el reino engañoso de la imaginación. Yo había estado en la calle de las Arcadas poco antes de que la mayor parte de sus casas se hundieran. Corrí después hacia el Coso a cumplir una comisión que se me encargó y recuerdo que la pesada e infecta atmósfera de la ciudad me ahogaba, de tal modo que apenas podía andar. Por el camino encontré el mismo niño que algunos días antes vi llorando y solo en el barrio de las Tenerías. También entonces iba solo y llorando, y además el infeliz metía las manos en la boca, como si se comiese los dedos. A pesar de esto nadie le hacía caso. Yo también pasé con indiferencia por su lado; pero después una vocecilla dijo algo en mi conciencia, volví atrás y me le llevé conmigo, dándole algunos pedazos de pan. Cumplida mi comisión, corrí a la plazuela de San Felipe, donde después de lo de las Arcadas, estaban los pocos hombres que aun subsistían de mi batallón. Era ya de noche, y aunque en el Coso había gran fuego entre una y otra acera, los míos fueron dejados en reserva para el día siguiente, porque estaban muertos de cansancio.
Faluya es la ciudad símbolo de la resistencia antinorteamericana en Irak. La Guerra de la Independencia es un conflicto del siglo XIX contra el imperialismo napoleónico en Europa, mientras que la Guerra de Irak es un conflicto del siglo XXI en una zona cultural muy diferente. Sin embargo, ambos sitios tienen elementos que pueden ser comparables, por el tipo de guerra planteado y por la repercusión mediática que han supuesto en su entorno cultural, la Europa romántica del siglo XIX y el mundo árabe actual.
Para ver la visión norteamericana de la ocupación de Faluya puedes consultar la siguiente página:http://www.guardian.co.uk/flash/0,5860,1193510,00.htmlPara ver la de la resistencia iraquí puedes ver los videos que están colgados en youtube buscando términos como faluya, falluja o fallujah.
Fecha de entrega 11 de enero de 2009

domingo, 21 de diciembre de 2008

La primera guerra carlista


La primera Guerra Carlista es una guerra civil que se extiende entre 1833 y 1840. Aparentemente es un conflicto dinástico que surge tras la muerte de Fernando VII en torno a la vigencia de la Ley Sálica borbónica o de la Pragmática Sanción y enfrenta a los partidarios de D. Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII, con los de su hija, Isabel II, y la reina regente Mª Cristina. El conflicto político trascendente es el que enfrenta a los defensores a ultranza del sistema absolutista contra los partidarios de llevar a cabo la revolución liberal, tantas veces frustrada.
El carlismo es un fenómeno reaccionario que surge, como en otras sociedades europeas, frente a las transformaciones planteadas por revolución liberal. Ideológicamente hace una defensa de los principios del antiguo régimen, del tradicionalismo foral, de la soberanía regia y de la religión. Socialmente está apoyado por aquellos sectores que se ven amenazados por el liberalismo: altos funcionarios del estado y mandos del ejército vinculados al régimen absolutista, baja nobleza, clero (sobre todo el regular), artesanado gremial, campesinado tradicionalista del norte peninsular y la opinión pública ultracatólica. Geográficamente afecta sobre todo tres grandes focos: las Provincias Vascongadas y Navarra, la montaña catalana y el Maestrazgo, aunque también será muy influyente en otras zonas del norte de España.
En el bando cristino se encuentran aquellos defensores de la revolución liberal o aquellos absolutistas moderados, que ven inevitable la necesidad de transformación del estado. Socialmente tiene el apoyo de la burguesía, de las clases urbanas, incluido el escaso proletariado, de un ejército surgido de la guerra de la independencia, con un amplio componente liberal, y de las clases propietarias, incluida la aristocracia.
Internacionalmente los cristinos contaron con el apoyo de las monarquías parlamentarias inglesa, portuguesa y francesa, mientras que el bando carlista contó con el reconocimiento de potencias lejanas como los imperios ruso y austriaco y Prusia.
El transcurso de la guerra dio oportunidad al bando carlista de algunas victorias, más debido a la incapacidad del ejército liberal que a la propia fortaleza carlista. Don Carlos protagoniza una marcha hasta el sur de la península e incluso llega hasta las puertas de Madrid, pero sin lograr adhesiones importantes. La fracasada insistencia de Don Carlos en la conquista de Bilbao, la muerte de su mejor general, Zumalacárregui, y la ofensiva lanzada por el general liberal Espartero fuerzan a los carlistas a negociar la paz.
El abrazo de Vergara entre Espartero y Maroto pone fin a la guerra, permitiendo la integración de las tropas y oficiales carlistas en el ejército del nuevo estado liberal y la permanencia de los fueros vascos y navarro. En el Maestrazgo, el general Cabrera todavía resistirá durante casi un año frente a los liberales.
La guerra carlista deja miles de muertos y una gran destrucción, sobre todo, en el norte del país. El carlismo arraigará generacionalmente y hará que las guerras carlistas se reproduzcan a lo largo del siglo XIX y apoyen el golpe militar contra la segunda república en 1936.

El liberalismo: ideario y corrientes



El liberalismo nace de los principios filosóficos surgidos en la Ilustración, de los políticos procedentes de las revoluciones inglesa, norteamericana y francesa, de los económicos postulados por Adam Smith y del afán de la burguesía por acabar con el Antiguo Régimen.

En su aspecto político:
- La Constitución se convierte el código que regula el funcionamiento del Estado. La monarquía está supeditada a la Constitución o se defiende el modelo de estado Republicano, frente a la monarquía absoluta propia del Antiguo Régimen.
- La jurisdicción sobre tierras y gentes será competencia del Estado y se elimina el sistema señorial. Ya no hay vasallos, sino ciudadanos.
- Se proclaman los derechos del individuo y la soberanía nacional, frente al sometimiento vasallático y la soberanía real.
- Se establece la división de poderes en donde el poder legislativo recae sobre un parlamento
- Se defiende el sufragio universal masculino.
- Aboga por un estado unitario y centralizado, frente al foralismo.
La Constitución de Cádiz formula la nación como el conjunto de todos los españoles, iguales en derecho y sobre los que reside la soberanía sobre el Estado

En su aspecto social:
- Se establece una sociedad de clases, basada en la igualdad jurídica de todos los ciudadanos frente al sistema estamental, que defendía los privilegios de la nobleza y el clero.

En el aspecto económico defiende:
- La propiedad libre y plena frente a los bienes vinculados y pertenecientes a comunales e instituciones.
- La libertad de comercio e industria y la libertad de contratación de los trabajadores, frente al control estatal o gremial.
- La fiscalidad común frente a las aduanas interiores y la fiscalidad foral

Ideológicamente no se rechaza la religión, pero se respeta la libertad de credo, se defiende la preeminencia del pensamiento científico, se lucha contra el control ideológico que ejerce la Iglesia sobre la población y se desamortizan sus bienes. Hay una clara tendencia hacia el anticlericalismo a causa de la identificación de la Iglesia con los intereses de los sectores más conservadores.

Entre los liberales se pueden señalar dos posiciones a lo largo de la primera mitad del XIX, los partidarios de un sistema puramente liberal y los que optan por un liberalismo más tibio.
- Durante las Cortes de Cádiz se diferencian entre liberales y reformistas ilustrados.
- En el Trienio Liberal entre Radicales y Doceañistas
- Durante el reinado de Isabel II entre Progresistas y Moderados

Los progresistas representan el ideario más puro del liberalismo, defienden la soberanía nacional, el poder de las Cortes frente a la Corona, el acceso progresivo al sufragio universal, la libertad de expresión, la Milicia Nacional, el anticlericalismo, el libre mercado y la desamortización de la tierra. Tienen sus apoyos entre la pequeña burguesía y algún sector de la alta burguesía industrial. Serán breves los periodos en los que acceden al poder, aunque provocarán cambios intensos que llevan al triunfo del liberalismo.
Los moderados toman su ideología del doctrinarismo político francés, que considera que la soberanía debe recaer en quienes poseen la propiedad económica del país. Allí está la alta burguesía latifundista, la aristocracia y aquellos sectores del absolutismo que necesitan adaptarse al nuevo modelo liberal imperante en Europa. Defienden una soberanía compartida entre el Rey y unas Cortes elegidas por sufragio censitario restringido, el poder de la Corona, el autoritarismo del gobierno, la restricción a las libertades individuales, el nombramiento de los poderes locales, la catolicidad del estado y el proteccionismo económico. Tras el triunfo definitivo de la revolución liberal en 1839, accederán al poder ocupando casi todo el reinado de Isabel II y consolidando un modelo de estado liberal al servicio de una oligarquía agraria y de la Corona.

Las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812


Las abdicaciones de Bayona y la subida al trono de España de José I Bonaparte habían supuesto un levantamiento popular generalizado en el país, que se había organizado en unas Juntas de carácter local coordinadas en una Junta Suprema Central, cuyo objetivo será dirigir la guerra contra el francés y regir el gobierno de la España no ocupada, pero también asume la función revolucionaria de reformar las instituciones del Antiguo Régimen. Para ello, el Consejo de Regencia del país decide convocar unas Cortes elegidas por sufragio universal, para aprobar las reformas necesarias. Se reunirán en septiembre de 1810 en la Cádiz asediada y asumirán la soberanía sobre el estado.
Algunos diputados no pudieron llegar a Cádiz a causa de la guerra y fueron sustituidos por residentes en Cádiz, que en aquel momento era la ciudad más cosmopolita y con la mayor burguesía mercantil del país. Entre los diputados había un centenar de clérigos, aristócratas, pero, sobre todo, miembros de las capas medias urbanas: funcionarios, abogados, comerciantes y profesionales. La invasión francesa permitió extender por el país los principios del liberalismo que había sido asimilado por esta burguesía.
Desde la sesión inaugural los diputados proclamaron que representaban la soberanía nacional y su carácter de Cortes Constituyentes. El 19 de marzo de 1812 fue aprobada la primera Constitución española, la Pepa. Esta constitución intenta basarse en la tradición medieval de las cortes, pero incorporando el moderno ideario liberal, que establece la soberanía nacional, la división de poderes, los principios del liberalismo económico y una amplia declaración de derechos del individuo:
- El poder ejecutivo lo tiene el rey, que nombra libremente a sus secretarios, aunque el poder real está limitado por las Cortes.
- El legislativo está en manos de las Cortes, aunque el Rey también posee el derecho a un veto limitado. Se elige mediante sufragio universal masculino indirecto.
- El poder judicial corresponde a los tribunales, que establecen un código único, aunque reconozcan dos fueros especiales, el militar y el eclesiástico.
- Como concesión a los absolutistas se reconoce la confesionalidad del estado y la exclusividad de la religión católica.
- Se establece un ejército permanente bajo la autoridad de las Cortes y una Milicia Nacional, cuya función es la de reforzar al Ejército en caso de guerra y defender al Estado Liberal.
- Respecto a la administración del Estado establece un estado unitario que se divide en provincias y se establece la elección popular de los alcaldes.
La Constitución tuvo tres periodos de vigencia: durante la Guerra de la Independencia (1812-1814), durante el trienio liberal en el reinado de Fernando VII (1820-1823) y en el periodo de la regencia de Mª Cristina (1836-1837). Su aplicación apenas se llevó a efecto por lo inestable y breve de estos periodos, pero la influencia de esta Constitución fue enorme, tanto en la legislación constitucional española posterior, como en otras constituciones contemporáneas europeas y americanas, que la toman como modelo de liberalismo.
Además de la Constitución, las Cortes llevaron a cabo una importante legislación ordinaria que permitió la abolición del régimen jurisdiccional, la eliminación de los señoríos, de los gremios, del mayorazgo, de las aduanas interiores, de la Inquisición, iniciaron la desamortización de bienes de propios y baldíos y establecieron la libertad de imprenta, la libre propiedad y la libertad de mercado. La mayor parte de estas disposiciones fueron derogadas en 1814 cuando se reestableció el absolutismo